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Las paradojas de un futuro dominado por la tecnología

Guillermo Oliveto

Guillermo Oliveto

6 de julio de 2020

Al concluir 2019, 4540 millones de personas tenían acceso a internet en todo el mundo. Diez años antes eran 1630 millones. La cantidad de usuarios no solo se multiplicó por tres en el breve período de una década, sino que además su penetración pasó del 24% de la población global al 59% actual. En simultáneo, la penetración de teléfonos celulares ya superó la de internet: el 67% de la población mundial tiene uno, casi 5200 millones de personas. Ambos efectos combinados permitieron la explosión del uso de las redes sociales.

Comenzamos 2020 con 3800 millones de usuarios. Es decir, casi la mitad de los habitantes del planeta participan activamente, al menos, de una de ellas. En 2015 eran 2078 millones. En el último lustro la penetración de las redes pasó del 29% al 49% de la población mundial. De esas redes, por lejos Facebook es la más relevante: 2500 millones de usuarios en enero de 2020. Además, la empresa liderada por Mark Zuckerberg tiene 1600 millones de usuarios en WhatsApp y 1000 millones en Instagram.

Que muchas de las empresas más poderosas del mundo físico hayan entrado en un conflicto abierto y explícito con una de las empresas más poderosas del mundo digital es un dato saliente de la realidad que trasciende el ámbito de los negocios.

El hecho de que compañías del porte de Unilever, Coca-Cola, Ford, Adidas, Volkswagen, Patagonia y Starbucks se sumaran al extenso listado de anunciantes (a esta altura, más de 600) que penalizan la política de neutralidad de esta red social retirando sus avisos publicitarios tiene múltiples implicancias. Con la consigna Stop Hate For Profit, algo así como "dejen de ganar dinero con el odio", la acusaron de falta de compromiso para controlar la información tóxica y la exacerbación del lado más oscuro de los seres humanos. Amparadas en los principios éticos que consideraban imprescindibles para el entorno en el que se pautaban sus avisos, que además no podían controlar, las marcas decidieron salir de esa vidriera. No la consideran un lugar seguro.

Desde su perspectiva, la política de neutralidad defendida a ultranza por Zuckerberg chocaba con los valores que pretendían promocionar. La identidad y el mensaje de sus marcas eran antagónicos a los del mensajero. Y eso, naturalmente, distorsiona la comunicación. Más allá del impacto económico, lo que se puso en juego aquí excede por lejos a las marcas y las redes e involucra a la política y a los ciudadanos: la tensión entre libertad y seguridad.

Tema que venía ganando peso en la agenda a partir del desarrollo reciente del big data, la lógica algorítmica, las fake news y la inteligencia artificial. La gente reconoce en las redes libertad, simetría y velocidad de circulación de la información, pero sabe también que en ese gran océano navegan noticias falsas, operaciones mediáticas e intentos permanentes de manipulación. Es decir que en el mismo lugar convive la utopía de un mundo libre e igualitario con la distopía de un mundo caótico y peligroso. He aquí una de las paradojas con las que tenemos que lidiar en un mundo dominado por la tecnología.

Todo se mezcla en el universo virtual, y de ninguna manera es casual. Tal como lo definió Alessandro Baricco en su reciente libro The Game, publicado en mayo de 2019, no tiene ningún sentido trazar una línea entre el mundo físico y el digital. Él los llama el "mundo" y el "ultramundo". Lo que vino a traer lo digital es lo que el novelista y ensayista italiano definió como una humanidad ampliada. "No estoy diciendo que el hábitat del hiperhombre digital sea el ultramundo de la web. La cosa es mucho más sofisticada. Su hábitat es un sistema de realidad con una doble fuerza motriz, donde la distinción entre mundo verdadero y mundo virtual se convierte en una frontera secundaria, dado que uno y otro se funden en un único movimiento que genera, en su conjunto, la realidad. Ese sí que es el campo de juego del hombre nuevo. Es un sistema en el que el mundo y el ultramundo giran uno dentro de otro produciendo experiencia, en una especie de creación infinita y permanente".

Baricco escribió esto antes de que la pandemia potenciara aún más nuestra humanidad ampliada. Parece que fuera un siglo y apenas pasó un año. ¿Cómo hubieran tolerado los ciudadanos globales del siglo XXI, acostumbrados a una vida activa y vertiginosa, las cuarentenas sin internet? ¿Y sin Netflix? ¿Y sin teléfonos celulares? ¿De qué modo las empresas hubieran podido mantener a gran parte de sus equipos trabajando desde la casa sin las plataformas de videoconferencias? ¿Cuántos comercios lograron sobrevivir a partir del e-commerce? ¿Cuántos podrían haber hecho delivery sin plataformas como Glovo, Rappi o Pedidos Ya?

Si algo tenemos claro a esta altura es que el coronavirus, más que crear nuevas tendencias, aceleró las preexistentes. El viernes 19 de junio, el Financial Times publicó un análisis de las 100 compañías que prosperaron en la pandemia. De las primeras diez, nueve son tecnológicas. En orden por la magnitud del incremento en valor de mercado: Amazon, Microsoft, Apple, Tencent, Facebook, Nvidia, Google, Pay Pal y T-Mobile. La número 37 es Mercado Libre. El valor de sus acciones creció 72% en 2020 y alcanzó su mayor valor histórico: US$49.000 millones.

La humanidad ampliada existente antes de la pandemia será mucho más fuerte cuando salgamos de ella. Por lo tanto, el dilema que hoy vemos en Facebook no es una tensión "de las redes". Es una tensión de la vida. Esa vida "dual" que ya teníamos y que ahora está mucho más consolidada.

La promesa intrínseca y original de internet y, luego, de las redes sociales era la misma: acceso y libertad. Todos pueden ver todo. Todos pueden decir lo que quieran. El punto es que cuando ese ultramundo se volvió tan grande que abarca prácticamente a la humanidad completa y se fusionó con el mundo de tal modo que ya es imposible distinguirlos, no hay un debate que sea propio de un "adentro" diferente al "afuera", porque ahora adentro y afuera son parte de lo mismo.

Igual que el comercio electrónico, el trabajo a distancia y el streaming, la puja entre libertad y seguridad será otra de las cosas que habrá impulsado fuertemente el virus con sus protocolos y cuarentenas. ¿Cuánta libertad estamos dispuestos a resignar con tal de sentirnos seguros? ¿Cuántos riesgos vamos a correr para no ahogar una de nuestras pulsiones más básicas, que es ser libres? En palabras de Zygmunt Bauman: "La vida humana depende de dos condiciones: la libertad y la seguridad. Un equilibrio entre ambas es lo ideal. Seguridad sin libertad es esclavitud, así como libertad sin seguridad es caos".

¿De qué modo las marcas y las redes saldarán ese debate en un mundo dominado por la tecnología? ¿Y cómo lo harán los gobiernos y los ciudadanos? La tecnología ¿nos hará finalmente más libres o, por el contrario, será una extraordinaria y potente herramienta de control? ¿O las dos cosas a la vez? Son algunos de los interrogantes y las paradojas que moldearán el futuro.